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Antonio Gasalla volvió a la televisión, después de cuatro años de ausencia, con
programa propio. Ausencia que no le impidió, días atrás, alzarse con el Martín
Fierro a "Mejor labor humorística" por su participación con el personaje de La
vieja en lo de Susana Giménez.
Al frente de un exiguo elenco, integrado por Verónica Llinás y Sebastián Borras
y un puñado de invitados, en Gasalla en pantalla (América, viernes a las 22), el
cómico revisita esa galería de personajes únicos nacidos de su agudeza y de su
talento más que probados. En este regreso a la pantalla vieron la luz los
personajes de la enfermera, Soledad, Yolanda, Bárbara Don't Worry y La Vieja. Y
con seguridad, en próximas emisiones, serán de la partida también Inesita y sus
cirugías, Flora, la empleada pública y por qué no algún nuevo personaje que
surja de la notable capacidad de observación del cómico.
Por fuera de sus personajes, quedaron el tradicional y eficaz monólogo de
apertura, capaz de sobrevolar en apretada síntesis los temas de actualidad con
una gracia y un desparpajo insuperables; la entrevista a un invitado (para el
debut la elegida fue Lilita Carrió) —que no es lo que mejor hace Gasalla— y, a
tono con los tiempos que corren, la locución (y hasta la actuación en un caso)
de las infaltables y, hoy por hoy, imprescindibles menciones comerciales.
Más allá de la riqueza de matices de todos y cada uno de sus personajes, los
puntos más altos del debut de Gasalla en pantalla, además del monólogo ya
citado, los anotaron Bárbara Don't Worry, entrevistando a Moria Casán, en un
duelo de brillos y divas de aquellos, y sobre todo, Yolanda quien, desde su
silla de ruedas, protagonizó otro duelo —este actoral y desopilante— con una
brillante Verónica Llinás en el rol de Ana María, su hermana y nueva víctima.
Confirmando Llinás que es una de las pocas actrices (y actores), tal vez junto a
Norma Pons y Alejandro Urdapilleta, capaces de enfrentarse en una tenida actoral
de igual a igual con Gasalla y salir empatados.
Gasalla en pantalla devuelve a la televisión a un Antonio Gasalla concentrado,
esencial, casi en estado puro. Con un elenco mínimo y con la producción apenas
indispensable, el cómico tira todo su talento sobre la mesa y, de la mano de
esas criaturas desbordadas, exuberantes, patéticas y cuasi deformes, pero
siempre entrañables, se alza con todas las fichas del juego.
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